Virus: un error de interpretación (parte III)

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Traducción oficial realizada por el equipo de materialdeNMG bajo el permiso de su autor Stefan Lanka

 

En los artículos anteriores “Virus: Un error de interpretación”, parte I y parte II, se ha presentado paso a paso la historia de cómo y por qué los pueblos de los países industrializados se han visto progresivamente inmersos en la crisis del coronavirus. A continuación se presentan los puntos clave de todo el proceso para que los conocimientos que se han extraído de la crisis puedan ser comprendidos, difundidos y eficazmente utilizados. El objetivo de nuestro trabajo es que la humanidad salga fortalecida de esta crisis que tantas lecciones nos ha aportado y que, en su conjunto, se vuelva más vigilante y sostenible. Sabemos que la biología, la sociedad y la autopercepción del ser humano (áreas a cuyo desarrollo pretendemos contribuir) están estrechamente relacionadas con otros temas de gran importancia como el sistema monetario y el Estado de Derecho y que todos conjuntamente conforman la base del desarrollo constructivo de la sociedad.

 

Cómo empezó todo

 

En nuestro sistema cultural se da por hecho que la vida biológica surgió por casualidad a partir de la colisión azarosa de moléculas individuales que permitió su interacción mutua. Las moléculas se habrían originado previamente a partir del choque fortuito de átomos, los cuales, a su vez, habrían sido creados de la nada en el Big Bang. Se cree que, en un pasado remoto, dentro de una esfera de agua (cuya cohesión estaría producida por una envoltura de grasas y proteínas) se juntaron tal cantidad de moléculas con tal diversidad de propiedades que las interacciones entre dichas moléculas (lo que hoy describimos como metabolismo) hicieron posible el mantenimiento, la conservación y la reproducción de dicha esfera.

El concepto de célula que tenemos en la actualidad (que, a pesar de todas las afirmaciones, imágenes y dibujos esquemáticos de los libros de texto, no se corresponde en absoluto con la realidad) está basado en este modelo de esfera que acabamos de describir. Se dice que la vida surgió por casualidad de una simple célula primordial y que, tras la muerte, solo quedan las moléculas, que también pueden descomponerse en átomos. Se sostiene que sólo las moléculas que se encuentran en el interior de una célula forman parte de la vida y que todo lo demás está muerto y frío. Según esto, el espacio exterior está completamente vacío y carece tanto de fuerza vital como de posibilidades de interacción independientes. Se supone que la evolución de la vida hacia la formación de organismos más complejos como los árboles o los seres humanos se produjo porque determinadas acumulaciones de células (lo que conocemos como seres vivos) son evolutivamente más fuertes y sofisticadas, y consiguen reproducirse más rápidamente que otras. Si observamos las estructuras económicas y de poder actuales, es obvio que la actitud ante la vida y el punto de vista de los líderes de opinión no son más que un reflejo del modelo conceptual que tienen de la vida biológica.

Quizá la causa fundamental de esta visión unidimensional y peligrosa del mundo sea la forma en que utilizamos el intelecto (la razón). Cuando el intelecto se absolutiza, no permite cuestionar los conocimientos que ha obtenido ni las conclusiones a las que ha llegado. Entonces, en lugar de ser considerado como una de las diferentes herramientas disponibles para acercarse a la comprensión de los fenómenos de la vida y ser utilizado como tal, actúa de manera dominante. Jochen Schamal aborda esta cuestión en su artículo Matemáticas y Razón, incluido en este número (3/2020) de nuestra revista Wissenschafftplus. Si bien el texto es una introducción básica a este tema, en él se identifica el reto central y fundamental al que se enfrenta la humanidad. Si el intelecto se utiliza como una herramienta más del ser humano, todo va bien; pero si se absolutiza, acabamos de forma automática en crisis como la del coronavirus, en guerras y funcionando en muchos ámbitos de la vida con mecanismos de pensamiento ambivalente en términos de «bueno o malo». Esto, además, se ve agravado porque cuando el intelecto analiza los indudables efectos negativos de estos mecanismos de pensamiento ambivalente, los interpreta como prueba evidente de la existencia de un principio activo del mal.

Si observamos la vida “objetivamente” (en el sentido positivo de la palabra), veremos que la fuerza motriz de la vida son siempre procesos creativos de colaboración y simbiosis en los que se expresa y se expande la alegría de vivir. Del mismo modo, cuando observamos con objetividad las causas de procesos que interpretamos erróneamente como malignos o como enfermedades, en su origen sólo encontramos mecanismos y procesos que, en realidad, tienen una utilidad y un sentido. Los desencadenantes de estos procesos son siempre sucesos o percepciones que el individuo interpreta como una amenaza existencial. Una vez desencadenado el proceso, determinadas zonas del cuerpo experimentan alteraciones de su funcionalidad y se producen cambios tanto en la psique, como en la percepción o en el comportamiento del individuo, con el objetivo de superar la situación y sobrevivir. Según el caso de que se trate, durante este proceso determinados tejidos del cuerpo pueden experimentar una proliferación o una reducción celular.1

Una vez que el suceso desencadenante del proceso llega a su fin y deja de producir efecto en el individuo, o cuando este resuelve o relativiza el problema que le supone, de manera instantánea da comienzo la fase de curación. En esta nueva fase, el cuerpo intenta restablecer el estado original de la zona afectada y procede a descomponer la proliferación celular que se produjo, regenerar el tejido que se necrosó o restaurar la funcionalidad del órgano que se atrofió. Durante el proceso pueden surgir complicaciones, pues el conflicto desencadenante se puede prolongar e intensificar en el tiempo, se pueden solapar varios conflictos o se pueden añadir nuevos conflictos como consecuencia de shocks de diagnóstico o de las circunstancias vitales resultantes. En estos casos, la conocida secuencia de la fase de curación se ve alterada y la recuperación se dificulta. La curación también se ve obstaculizada si el sujeto se obsesiona mentalmente con los acontecimientos desencadenantes y si se producen carencias nutricionales o procesos tóxicos. En este número de Wissenschafftplus presentamos el libro Biología Universal, que introduce este punto de vista. Estos conocimientos fueron descubiertos por el médico Dr. Ryke Geerd Hamer a partir de 1981 mediante observaciones muy precisas. Lamentablemente, el propio Dr. Hamer obstaculizó la difusión de sus constructivos descubrimientos médicos debido a las diferentes polémicas en las que se vio envuelto.

Así pues, el Dr. Hamer amplió y desarrolló de manera significativa los conocimientos de la anterior escuela de la psicosomática (que tuvo su apogeo en Alemania en 1977), pero luego extravió su camino en intentos de interpretación materialistas. Al individualizar las observaciones, desvinculándolas de toda interpretación desde el punto de vista de la genética o la bioquímica, y al descubrir señales específicas en el cerebro2 (específicas para cada una de las fases del conflicto como la fase activa, la fase de curación y la llamada crisis epileptoide) esta visión adquirió carácter científico. Sus observaciones y las explicaciones que se derivan de ellas son verificables y comprensibles, y los procesos son predecibles, todo lo cual facilita la realización de diagnósticos correctos, la terapia causal y una profilaxis eficaz. Uno de los aspectos más destacables que se derivan de este nuevo enfoque es que las sentencias negativas tales como “incurable” y “maligno”, que de por sí pueden resultar mortales, pierden su efecto destructivo tan pronto como la persona comprende la realidad de los procesos biológicos antes mencionados.

Es comprensible que las personas que sólo admiten como reales las explicaciones conocidas y materialistas respecto a la vida, la salud, la enfermedad, la recuperación y la vejez, tengan dificultades para aceptar esta nueva perspectiva. Lo mismo ocurre con las personas que basan su autoestima y su identidad en el enfoque materialista o que se ganan la vida con él. En el artículo titulado “Lo que usted y los demás pueden aprender del coronavirus” de este número de Wissenschafftplus, Ursula Stoll muestra por qué la gente reacciona de forma agresiva cuando se enfrenta a otro punto de vista y lo que se puede hacer, no sólo para evitarlo, sino para despertar un interés auténtico por el nuevo punto de vista. Esto es absolutamente necesario. Es probable que sólo logremos salir de los mecanismos cada vez más automáticos que nos han conducido a la crisis del coronavirus si una gran mayoría de personas se abre a una mejor comprensión y deja atrás las ideas destructivas y los mecanismos que se derivan de las mismas. Desde esta perspectiva, la crisis del coronavirus es una oportunidad para todos, un punto de inflexión y un salto en el desarrollo de la humanidad. Es poco probable que estas nuevas ideas que desafían el antiguo paradigma, y las industrias vinculadas a él, sean dictadas o propuestas “desde arriba”. Incluso podría ser peligroso.

 

El virus como agente patógeno

 

Desde nuestra visión puramente materialista del mundo, las enfermedades, el dolor, la vejez y la muerte se ven como problemas o defectos contra los que hay que luchar. Con cierta regularidad van apareciendo en el mercado productos que prometen la curación de enfermedades y un aumento de la longevidad que la “población agradecida” (Eugen Rosenstock-Huessy 1956) adquiere pagando por ellos crecientes sumas de dinero. Desde 1858, se acepta que la vida (en todas sus formas) surgió de una célula como resultado de procesos puramente materiales. Del mismo modo, también se supone que las enfermedades están producidas por agentes tóxicos o venenosos segregados por células (virus en latín significa veneno). Hasta 1951, se consideraba que un virus era una toxina, una proteína tóxica o un veneno que producía enfermedad. En los años anteriores, algunos científicos hicieron ciencia real e intentaron comprobar sus suposiciones llevando a cabo experimentos de control. De este modo constataron dos cosas:

 

1) Las proteínas que se obtenían en la descomposición de material «enfermo» y que se interpretaban como virus se obtenían también en la descomposición de tejidos y órganos completamente sanos y, por lo tanto, la interpretación que se realizaba de esas proteínas como virus era errónea.

2) La causa de los síntomas que se interpretaron como desencadenantes y transmisores de la enfermedad en los experimentos con animales no eran las proteínas malinterpretadas como virus sino los métodos empleados en los experimentos.

 

Sólo algunos médicos y lectores atentos de revistas profesionales se han dado cuenta de que la ciencia, como tantas otras veces, ha estado durante mucho tiempo sin tener una idea clara de lo que en realidad son los virus. El concepto de virus siempre se ha utilizado con un fin claro: no ha sido más que un intento fallido de explicar anomalías que no podían explicarse dentro de la visión del mundo vigente. A partir del momento en que estuvieron disponibles los test de detección de virus, los mecanismos de generación de miedo han funcionado cada vez más rápido. La industrialización de las técnicas de detección y la sincronización y unificación de las fuentes de “información” en los medios de comunicación de una economía de mercado cada vez más globalizada han conseguido un alto nivel de eficacia en el proceso de generar miedo a nivel mundial. El resultado de todo esto lo estamos viendo en la actualidad: un autobloqueo de los países industrializados y de su población mediante un confinamiento demencial que se justifica de forma pseudo-racional, es decir, pseudo-científica.

Todavía no está claro si el actual enfoque puramente racional del fenómeno de la vida, que excluye la compasión y otras posibilidades de percepción, puede acabar convirtiéndose en una religión dualista del bien y del mal, que afirma buscar el bien pero, al hacerlo, genera el mal. Cualquier pretensión absolutista sobre la vida, la enfermedad y la curación es peligrosa y puede producir de manera inmediata consecuencias destructivas para la vida. Esto es aplicable a todos los enfoques médicos (también al llamado sistema de conocimiento del Dr. Hamer, si se establece en términos absolutos y se considera de forma aislada) porque nosotros, como participantes en la vida, carecemos de una visión de conjunto de esta.

La teoría celular puramente material de la vida, introducida en 1858 de forma extremadamente acientífica y que muy pronto se convirtió en la base global de la biología y la medicina, tiene asociada una visión restringida de los fenómenos de la vida y una lógica y una forma de actuación que pueden resultar peligrosas. Si entendemos la vida de forma puramente materialista, entonces los problemas de la vejez, las desviaciones de la normalidad (=enfermedades) y la aparición simultánea o agrupada de síntomas, solo pueden explicarse como defectos materiales producidos por supuestos agentes patógenos que se desplazan de un lugar a otro. Dentro de esta idea, los procesos de la enfermedad y sus agentes transmisores deben ser combatidos y eliminados. Así surgieron los conceptos de antibiosis, antibióticos, radiación, quimioterapia y aislamiento. En su libro Némesis Médica (1976), Ivan Illich sostiene que la medicina también está sometida a la presión de tener que reportar beneficios empresariales y que, en consecuencia, obliga a todos los actores del sistema de salud a la sobreactuación. Esta es la razón fundamental por la que, de manera automática, progresiva e inadvertida, la medicina se está haciendo cada vez más peligrosa en muchos ámbitos. Esta tendencia compulsiva a la exageración hace también que la falsa suposición de la existencia del virus sea cada vez más perniciosa.

La falsa hipótesis sobre la célula (en base a la que se retomó el concepto erróneo sobre los virus después de que hubiera sido abandonado) constituye el fundamento no sólo de las teorías de la infección, el sistema inmunológico y el gen, sino también de toda la actual medicina del cáncer. Quien considera que el cáncer es un error, una arbitrariedad y, en definitiva, cree que es un proceso autodestructivo de la naturaleza, también cree por consiguiente en la idea del mal errante, en la idea de la metástasis y en que ésta puede transmitirse por el aire en forma de virus. Aquí se cierra el círculo. El hecho de que en la información que se divulga sobre el “coronavirus” no se mencionen estos hechos hace que, de manera automática, estos fundamentos y conceptos erróneos que son la causa de esta crisis se vean reforzados.

La visión materialista de la vida conlleva otra idea de calado profundo: la del carácter exclusivamente material de la herencia biológica. Dado que la ciencia actual asume que sólo existen interacciones materiales y descarta los demás puntos de vista por considerarlos acientíficos, la explicación de la vida requiere de la existencia de un plan de construcción y funcionamiento vital, un plan que contenga las instrucciones de cómo, a partir de sus moléculas y flujos energéticos, la (supuesta) célula puede crear un organismo vivo. Hasta 1951 predominaba la opinión de que las proteínas eran las portadoras de este plan de construcción y funcionamiento de la vida, es decir, del material genético. Dentro de este modelo conceptual DEBÍA existir un material genético que pudiera explicar el origen de los organismos a partir de una célula. Y, en sintonía con esto, se estableció la hipótesis de que las supuestas proteínas tóxicas (la definición de los virus anterior a 1951) también contenían material genético con un plan para reproducirse.

 

El cambio de paradigma en virología

 

Cuando en 1952 se estableció la idea de que el material genético era la sustancia que se encontraba en los núcleos de los tejidos y de las células (planteamiento que continúa siendo aceptado en la actualidad), se produjo un cambio de paradigma en lo que respecta a la teoría de los virus. Desde ese momento los virus se consideran elementos genéticos móviles que, tras entrar en la célula, emplean la maquinaria celular para reproducirse. Según este modelo, durante el proceso de multiplicación de los virus, las células resultan dañadas y esto es precisamente la manifestación de la enfermedad. Desde 1952, la clase de moléculas que componen la sustancia hereditaria se conocen con el nombre de ácidos nucleicos porque, en solución acuosa, se comportan como un ácido débil y se encuentran principalmente en el núcleo. Hasta el año 2000, se creía que en estas moléculas se podían encontrar segmentos (algunos de ellos muy largos) que contenían el plan de construcción y funcionamiento de la vida. Los genes se definían como la unidad más pequeña de la sustancia hereditaria y se pensaba que contenían la información necesaria para sintetizar las proteínas. Sin embargo, los resultados obtenidos experimentalmente en genética bioquímica refutaron todas las suposiciones anteriores. A la vista de estos resultados, ningún científico ni nadie es capaz hoy de formular una definición sostenible de lo que es un gen que nohaya sido refutada hace tiempo.

En cada núcleo celular, la composición de los ácidos nucleicos cambia constantemente y para cerca del 90% de nuestras proteínas no se han encontrado “plantillas genéticas” que puedan llamarse genes. Probablemente, el ácido nucleico actúe ante todo como liberador de energía y en segundo lugar como resonador y estabilizador metabólico. A excepción de algunos investigadores, casi todos los biólogos y médicos continúan aferrados a la idea de la existencia de una sustancia hereditaria, sencillamente porque no tienen una idea alternativa y porque su capacidad imaginativa está sometida a la presión del conformismo y a la ansiedad de asegurar su carrera profesional. La virología debería haber dicho adiós hace mucho tiempo (¡sería ya la segunda vez!), pues se ha demostrado que la genética en la que se basa no es más que una interpretación errónea.

Según su definición, un virus es un agente patógeno no vivo formado por un fragmento de material genético peligroso que está agrupado en segmentos llamados genes, y que puede encontrarse dentro de una envoltura proteica o estar completamente desnudo. Se supone que este fragmento de material genético entra en la célula, toma el control de la misma y la obliga a reproducir el virus, dañando o incluso matando primero a la célula y finalmente a todo el organismo.

También se supone que, tras multiplicarse, el virus abandona el organismo dañado para introducirse en otros organismos. Esta teoría se cae por su propio peso con la refutación de la teoría de la célula, pues la evidencia demuestra que la vida se organiza principalmente en tejidos interconectados y, en realidad, hay muy pocas estructuras que puedan llamarse células. 3 La teoría de los virus queda refutada por la nueva comprensión que ha supuesto para la biología el descubrimiento de la existencia de procesos simbióticos en las fases de enfermedad y de curación. Las observaciones realizadas hasta el momento confirman que determinados sucesos traumáticos o situaciones percibidas como existencialmente amenazantes que se alargan en el tiempo desencadenan procesos multifásicos que hasta ahora se habían interpretado erróneamente como enfermedades.4 Estos nuevos conocimientos de la biología refutan la virología. En la vida real no existe ningún principio del mal que solo tome y no dé nada a cambio.

 

La refutación de la virología: una evidencia

 

La virología afirma que existen procedimientos de laboratorio fiables que permiten aislar y determinar la composición de cualquier virus en el laboratorio y determinar su composición. Sin embargo, en ninguna de las publicaciones en las que supuestamente se ha llevado a cabo el aislamiento de un virus se encuentra una descripción de una estructura real que haya sido aislada.

El procedimiento que se realiza consiste en introducir una muestra de fluido corporal supuestamente infectada por el virus en un cultivo celular (con la adición de antibióticos y antifúngicos para prevenir la infección por bacterias), para comprobar si se produce la replicación viral. Si al cabo de unos días se observa un efecto citopático en el cultivo, se concluye que la descomposición de los tejidos es debida a la reproducción del virus y se entiende como demostración de su presencia. Pero lo que en realidad sucede es que los tejidos mueren debido a la falta de nutrientes y a la intoxicación producida por los antibióticos y los antifúngicos empleados. Hay que destacar que nunca, salvo en el caso del juicio sobre el virus del sarampión5, se han realizado los necesarios experimentos de control6 (consistentes en comprobar si el efecto citopático observado también ocurre sin añadir fluido infectado alguno a la muestra bajo observación) que permitan asegurar que el efecto citopático lo produce el virus y no el procedimiento empleado. La realidad es que los tejidos mueren igualmente por inanición e intoxicación sin necesidad de añadir el material supuestamente infectado.

La idea de que los virus se multiplican en el tejido del cultivo celular produciendo su muerte es una hipótesis que se planteó en una publicación de 1954 cuyo autor principal es John Franklin Enders.7 Pero debe quedar claro que en la misma publicación se insiste varias veces en el hecho de que la supuesta muerte del tejido debido a la reproducción del virus (o, en otras palabras, la transformación del tejido en virus), es solamente una conjetura que debe ser probada o refutada en el futuro. Pese a esto, la concesión (ese mismo año) del Premio Nobel al citado autor por un descubrimiento (que en realidad no era más que una especulación) realizado en 1949, en el marco de la antigua virología de proteínas y toxinas, hizo que esta nueva conjetura de la transformación de tejidos en virus acabara convirtiéndose en un hecho científico supuestamente probado. Y no solo eso, sino también en la única base de la nueva virología genética.8

El hecho de que John Franklin Enders fuera bacteriólogo explica que el modelo de referencia de la nueva virología fueran los bacteriófagos o fagos, unas estructuras diminutas sólo visibles con el microscopio electrónico que inicialmente se creía que infectaban a las bacterias. Posteriormente se descubrió que, en los cultivos de bacterias en el laboratorio, cuando el índice de endogamia es alto y su metabolismo colapsa de manera rápida, las bacterias se transforman en fagos. Esta transformación no es un acto de destrucción, sino una metamorfosis similar a la que se produce cuando las bacterias generan esporas. Como estrategia de supervivencia, cuando las condiciones de vida del medio en el que se encuentran las bacterias se van degradando lentamente, estas generan unos cuerpos microscópicos capaces de resistir condiciones adversas durante largo tiempo: las esporas. Las esporas pueden volver a convertirse en bacterias cuando las condiciones de vida vuelven a ser óptimas. Por su parte, los fagos, a diferencia de lo que se creía cuando se descubrieron, NO matan ni dañan a otros organismos, sino que les ayudan a vivir ofreciéndoles su ácido nucleico. No obstante, y a pesar de su inocuidad frente a las bacterias naturales o recién aisladas, se continúa considerando que los fagos son los virus de bacterias. Es muy probable que, si el medio es el adecuado, los fagos también se conviertan de nuevo en bacterias. Yo aislé una estructura parecida a los fagos en un alga marina y, tras estudiar el tema a fondo, constaté que estas estructuras solo se originan cuando las condiciones de vida del alga dejan de ser óptimas. Los fagos que se forman durante la transformación de una determinada especie bacteriana tienen siempre la misma estructura, el mismo tamaño y la misma composición, y su ácido nucleico tiene siempre la misma longitud y secuencia. Los fagos se convirtieron en el modelo de la nueva idea de virus y de la teoría del virus-gen, según la cual un virus es un fragmento de material genético, envuelto o desnudo, de una longitud y composición determinadas.

Los fagos se aíslan fácilmente y, cuando se extrae su ácido nucleico, siempre tiene la misma composición. En cambio, en el caso de los “virus genéticos”, esto nunca sucede; nunca se extrae el ácido nucleico de las pocas estructuras que se visualizan en el microscopio electrónico y que se interpretan como virus. En los experimentos de aislamiento de virus, el ácido nucleico se extrae siempre, de manera explícita, de los fluidos de los cultivos celulares en los que se produce el efecto citopático que se atribuye a los virus. Y lo que es más importante: en un fluido humano, nunca se ha encontrado el ácido nucleico completo de un virus. Es decir que jamás se ha hallado ninguna cadena de material genético que coincida, en longitud y composición, con las descripciones que los virólogos realizan de los (supuestos) genomas de los diferentes virus.

 

El alineamiento de secuencias (sequence alignment): la refutación evidente de todas las suposiciones sobre los virus

 

Cualquier persona que profundice mínimamente en el tema de la demostración de la existencia de los virus patógenos o su aislamiento descubrirá que el procedimiento que se lleva a cabo concluye siempre de la misma manera:

con la identificación exclusivamente teórica del genoma del virus. Efectivamente, a partir de la gran multitud de fragmentos cortos de ácido nucleico que se liberan cuando los tejidos empleados en los experimentos se descomponen, los virólogos construyen de forma artificial y teórica una cadena genética larga que (en un acto de autoengaño absoluto) aceptan como el genoma del virus. Este laborioso proceso de construcción del ácido nucleico viral se llama alineamiento de secuencias y se realiza con la ayuda de programas informáticos. En los inicios de la virología genética, el procedimiento del alineamiento era mucho más engorroso que en la actualidad pues se realizaba a mano. La palabra “alineamiento” ya sugiere de por sí que se trata de un proceso teórico. En la literatura científica no hay ningún artículo en el que se afirme que, a partir de una estructura viral o de un fluido “infectado”, se haya encontrado un fragmento entero de ácido nucleico cuya secuencia molecular corresponda (ni siquiera de manera remota) con el supuesto genoma completo de un virus.

Aquí se pone de manifiesto la lógica forzosa a la que están sometidos los virólogos desde 1954, cuando se aceptó como válida la suposición de que, en su proceso de descomposición, los tejidos de los cultivos celulares empleados en los experimentos también se transformaban en virus, como hacen las bacterias cuando se transforman en fagos (esas útiles estructuras erróneamente interpretadas como los virus de las bacterias). Como, en realidad, los fragmentos cortos de ácidos nucleicos a partir de los cuales se construyen de manera artificial y teórica los genomas de los supuestos virus patógenos se encuentran en todos los seres vivos, resulta que todos los seres humanos y los animales pueden dar “positivo” a los test de detección de virus. Todo depende de la cantidad de la muestra de material orgánico que se va a analizar y del lugar del que se tomó. Por eso (como estamos viendo en la actualidad con las pruebas PCR del SARS-CoV-2), cuantos más test se realicen, más resultados positivos se obtendrán, aunque, en realidad, el resultado de estas pruebas no aporta ninguna información relevante en lo que respecta a la salud o a la enfermedad.

En el caso del coronavirus, se puede ver fácilmente cómo los virólogos se engañaron a sí mismos y engañaron a toda la humanidad, y cómo gracias a la actuación del virólogo alemán Christian Drosten se produjo una escalada de histeria global que nos condujo a la crisis de la Covid-19. En un intento de controlar el pánico de un nuevo brote de SARS provocado por un oftalmólogo histérico9, los virólogos del gobierno chino construyeron mediante programas informáticos una secuencia teórica de ácido nucleico en el tiempo récord de una semana y dijeron que esta secuencia era casi idéntica a la de ciertos virus de murciélago inofensivos y difíciles de transmitir. Para obtener la secuencia utilizaron exclusivamente ácidos nucleicos extraídos del fluido de un lavado broncoalveolar obtenido de una persona presuntamente enferma de neumonía atípica. Es decir, no realizaron ningún cultivo celular en el laboratorio para supuestamente infectarlo con la muestra, con el fin de extraer del mismo el presunto virus (como es práctica habitual) ni tampoco afirmaron haber obtenido este ácido nucleico de una estructura aislada.

Es probable que los virólogos chinos construyeran el genoma del nuevo e “inofensivo” virus con el objetivo de intentar controlar la ola de miedo que se había desencadenado ante el supuesto nuevo brote de la peligrosa epidemia del coronavirus SARS y que podría haber conllevado un desbordamiento inmediato de los hospitales.

Drosten, por su parte, no esperó a que los científicos chinos publicaran la composición final de su ácido nucleico (el 24 de enero de 2020) para desarrollar un procedimiento de prueba que permitiera detectar este supuesto nuevo ácido nucleico viral mediante el método PCR. Para desarrollar su test de detección, Drosten seleccionó ácidos nucleicos completamente diferentes (sabiendo que estaban presentes en todos los seres humanos) incluso antes de que se publicaran los datos preliminares sobre la supuesta nueva secuencia genética viral de China el 10 de enero de 2020. Estas secuencias de ácidos nucleicos que seleccionó, y que no provienen de la cadena genómica (construida) del virus chino, son la base de su procedimiento de prueba.

Los productos bioquímicos para detectar mediante PCR las secuencias de ácidos nucleicos seleccionadas por el profesor Drosten (que no provenían del modelo de virus chino) fueron enviados gratuitamente el 11 de enero de 2020 “por razones humanitarias” a centros donde se sabía que se estaban realizando pruebas a las personas que regresaban de Wuhan. Muchas de estas pruebas dieron resultados positivos y, a partir del 20 de enero de 2020, esta información se transmitió a la opinión pública como prueba definitiva de la transmisión del supuesto nuevo virus de persona a persona. Los resultados positivos hicieron que el gobierno chino tuviera que ceder a la presión pública y se viera obligado a aceptar que se trataba de una nueva epidemia. Esta fue la realidad que se impuso, a pesar de que se demostró que ninguna de las 49 personas de Wuhan con neumonía de origen desconocido había infectado a miembros de su familia ni a amigos ni al personal del hospital con el que estuvieron en contacto cercano.

 

Resumen de los puntos esenciales para entender la crisis del coronavirus, terminar con ella y sacar conclusiones

 

Los virus patógenos no existen. Son un constructo mental. El conocimiento profundo de la verdadera biología permite afirmar que no pueden existir. La construcción del genoma de los virus se hace mediante un proceso teórico y artificial en el que se ensamblan fragmentos cortos de ácido nucleico para formar una cadena larga (el genoma). Este proceso, que se realiza con la ayuda programas informáticos, se denomina alineamiento de secuencias. Los fragmentos largos de ácido nucleico resultantes del proceso de alineación, esto es, los supuestos genomas víricos, no se han encontrado nunca de una pieza en la realidad.

Dado que, en todos los procesos inflamatorios, así como durante la formación, regeneración, multiplicación, degradación o muerte de tejidos se liberan el mismo tipo de fragmentos cortos de ácidos nucleicos utilizados para construir el genoma del virus, obviamente todas las personas que sufran este tipo de procesos darán “positivo” al test PCR de detección de ácidos nucleicos (siempre y cuando la muestra de tejido o fluido empleada en la prueba se haya tomado de la zona adecuada).

Del mismo modo, también se obtendrá un resultado positivo si, durante la toma de frotis nasofaríngeo con hisopo10, se da alguna de las siguientes circunstancias:

a) se dañan demasiadas membranas mucosas
b) se produce hemorragia como consecuencia del raspado para la toma de la muestra
c) se lesiona mecánicamente el bulbo olfativo, que forma parte del cerebro y es muy sensible, o bien
d) simplemente se toma un volumen de muestra muy grande,

porque en el cuerpo, como también sucede en toda masa de agua natural y en todos los mares, continuamente tiene lugar un asombroso e intenso proceso de creación y degradación de ácidos nucleicos de todo tipo. Entre ellos, también los que se utilizan para la construcción teórica del genoma del virus. La prueba PCR para la detección de virus sólo detecta ácidos nucleicos muy cortos que supuestamente forman parte de la secuencia genética del virus.

El profesor Christian Drosten desarrolló la prueba de detección del supuesto nuevo coronavirus antes de que se “descodificara” su ácido nucleico. Los virólogos chinos, que construyeron el genoma del supuesto nuevo virus mediante el procedimiento de alineamiento de secuencias, declararon que NO se había demostrado que este virus fuera patógeno. Suponían que el nuevo virus era similar a otros virus de origen animal considerados inofensivos y difícilmente transmisibles.

Los resultados “positivos” de la prueba PCR del profesor Drosten se utilizaron para “demostrar” que estábamos ante un nuevo virus que se transmitía con gran facilidad entre las personas. Las actuaciones precipitadas del profesor Drosten hicieron que la histeria local por miedo al SARS desencadenada por un oftalmólogo en Wuhan se convirtiera en la crisis mundial del Coronavirus.

 

Notas del traductor

 

  1. N. del T.: El autor hace referencia a la llamada “Nueva Medicina Germánica” y a las 5 Leyes Biológicas de la Naturaleza descubiertas por el Dr. Hamer. En este párrafo, el autor hace referencia a la Primera Ley Biológica de la Naturaleza (la Ley de Hierro del Cáncer), a la Segunda Ley Biológica de la Naturaleza (la Ley de la Evolución Bifásica de todos los Programas Especiales de la Naturaleza con Pleno Sentido Biológico) y a la Tercera Ley Biológica de la Naturaleza (El Sistema Ontogénico de los Programas Especiales de la Naturaleza con Pleno Sentido Biológico).

  2. N. del T.: El autor hace referencia a los llamados “Focos de Hamer”. Según la Primera Ley Biológica de la Naturaleza, en el momento del DHS o choque biológico, la experiencia personal determina el contenido del conflicto en cuestión y éste la localización en el cerebro del Foco de Hamer resultante. Los Focos de Hamer se manifiestan en forma de finos anillos concéntricos observables mediante TAC cerebral. Cada zona o relé del cerebro controla un órgano o tejido específico, por lo que la localización del Foco de Hamer nos informará acerca del órgano afectado.

  3. N. del T.: Desde 1972, el profesor Harold Hillman y sus colaboradores han observado que las células no pueden tener el aspecto que tienen en los gráficos que las representan. Los gráficos muestran células llenas de agua que están envueltas por una membrana de dos capas. El profesor Hillman y sus colaboradores han evaluado cientos de miles de imágenes de células realizadas bajo microscopios electrónicos y han podido apreciar que nunca se han visto membranas de dos capas, sino siempre un borde muy fino. Lo que no han advertido todos los usuarios de los microscopios electrónicos es que la membrana tiene que verse en su grosor “correcto” si la célula se corta por el centro para verla en el microscopio electrónico y con un grosor más grande si se corta de forma oblicua o por su extremo curvado. El resultado incita a reflexionar: la membrana siempre tiene el mismo grosor en las imágenes.

  4. N. del T.: El autor hace nuevamente referencias a las 5 Leyes Biológicas de la Naturaleza. Todo Programa Especial de la Naturaleza con Sentido Biológico (SBS) se inicia por un DHS (Síndrome de Dirk Hamer), es decir, por un choque biológico conflictivo, inesperado, dramático, extremadamente intenso, vivido en soledad y en un contexto de inhibición de acción que se desarrolla simultáneamente a nivel de psique, cerebro y órgano (Primera Ley). En el momento del DHS, el organismo entra en la primera fase denominada fase de conflicto activo (CA) hasta la solución del choque biológico (Conflictolisis – CL) y la siguiente fase (la fase PCL – postconflictolisis, también llamada fase de curación) incluyendo la crisis epileptoide que se produce en el punto culminante de esta segunda fase (La Segunda Ley).

  5. N. del T.: El autor hace referencia al llamado “proceso judicial del virus del sarampión” que tuvo lugar entre el año 2011 y 2017. El Dr. Lanka ofreció en el año 2011 un premio de 100,000 euros a quien pudiera presentar un artículo científico del Instituto Robert Koch (la máxima autoridad alemana en el ámbito del estudio de las enfermedades infecciosas y de la virología) en el que se mostrara una prueba de aislamiento del virus del sarampión y una determinación de su tamaño. El entonces estudiante de medicina David Bardens aportó 6 publicaciones científicas, ninguna del Instituto Robert Koch, con el fin de reclamar el premio. El Dr. Lanka se negó alegando que en ninguna de las 6 publicaciones se mostraba el aislamiento del virus ni se determinaba su tamaño. La disputa terminó en los juzgados y, tras una primera sentencia desfavorable para el Dr. Lanka, el Tribunal Superior de Justicia de Stuttgart le dio la razón. La prensa se hizo eco de la sentencia alegando que el Dr. Lanka ganó por un mero tecnicismo (Bardens presentó 6 publicaciones y no una sola), pero esto no es cierto ya que el tribunal sí admitió las publicaciones y contrató a un perito. El perito fue el Prof. Dr. Dr. Andreas Podbielski y también fue incapaz de demostrar que, en estas 6 publicaciones y en cualquier otra, se llevaba a cabo el aislamiento y medición del virus del sarampión tal como consta en las actas. Cualquier persona por sí misma puede comprobar que las 6 publicaciones presentadas no muestran el aislamiento del virus. Al final de este artículo, el Dr. Lanka las menciona y analiza: http://wissenschafftplus.de/uploads/article/Masern_Prozess.pdf

  6. N. del T.: En el transcurso del proceso judicial del virus del sarampión el Dr. Lanka contrató a un laboratorio, que prefirió mantenerse en el anonimato, para realizar el experimento de control. Demostró que el efecto citopático supuestamente provocado por el virus del sarampión tenía lugar aún sin aplicar material infectado. En el número 4/2017 de la revista Wissenschafftplus el Dr. Lanka se hace eco de los resultados de este experimento que él aportó como prueba. Esto es importante porque invalida uno de los artículos fundacionales de la virología moderna que justo trata sobre el virus del sarampión y sobre la práctica del efecto citopático como evidencia de la propagación de los virus: Enders JF, Peebles TC. Propagation in tissue cultures of cytopathogenic agents from patients with measles. Proc Soc Exp Biol Med. 1954 Jun;86(2):277–286. Este artículo forma parte de los 6 que presentó David Bardens en el juicio.

    Estos dos artículos del Dr. Lanka también tratan el tema del virus del sarampión:

    https://wissenschafftplus.de/uploads/article/Desmantelando-la-Teoria-de-los-Virus.pdf

    https://wissenschafftplus.de/uploads/article/wissenschafftplus-un-error-de-interpretacion-parte-1.pdf

  7. N. del T.: El autor hace referencia a la publicación “Enders, J.F. & Peebles, T.C. (1954) Propagation in tissue cultures of cytopathogenic agents from patients with measles.” https://pubmedinfo.files.wordpress.com/2017/01/propagation-in-tissue-cultures-of-cytopathogenic-agents-from-patients-with-measles.pdf

  8. N. del T.: John Franklin Enders, Thomas H. Weller y Frederic C. Robins reciben el premio Nobel en 1954 por un descubrimiento realizado en 1949. Se les otorga el premio “for their discovery of the ability of poliomyelitis viruses to grow in cultures of various types of tissue.” (por su descubrimiento de la capacidad de los virus de la poliomielitis de propagarse en cultivos de diferentes tipos de tejidos). https://www.nobelprize.org/prizes/medicine/1954/enders/facts/

  9. N. del T.: El autor hace referencia al oftalmólogo de origen chino Li Wenliang. En el artículo anterior Virus: Un Error de Interpretación Parte II”, el Dr. Lanka detalla de manera pormenorizada los acontecimientos en Wuhan que, a comienzos del año 2020, desembocaron en la crisis global del coronavirus.

  10. N. del T.: El autor hace referencia a la toma de muestra nasofaríngea para diagnóstico de COVID-19 mediante PCR. Según este método, se introduce un hisopo “fino y flexible” por ambos orificios de la nariz hasta alcanzar la rinofaringe

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