El verdugo, la víctima y el salvador

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“Nada peor que una familia bien intencionada para eliminar la posibilidad de curación.”

Dr. Ryke Geerd Hamer

 

“El salvador siempre se convierte en la víctima de la víctima.”

François Leduc (Seminario de Psiquiatría Hameriana, Instituto Psiquiátrico de Québec.)

 

EL VERDUGO, LA VÍCTIMA y EL SALVADOR

 

(Rigo Vargas, el periódico “El Sol de León”, el 27 de noviembre de 2011)

 

En cualquier ámbito de nuestras vidas, existe un trío de posturas o actitudes que, por naturaleza humana, nos empeñamos en actuar. Me refiero al rol de víctima, verdugo y salvador o vengador. Tanto en el trabajo, en el hogar, entre los amigos, de padres a hijos y viceversa, etc., esta triada de roles tiende a aparecer y a engancharnos, como si de una irresistible obra de teatro se tratara. Una de las características de este conjunto de roles es que tiende a mutar y, por ende, a transformarse: aquel que solía ser víctima, se convierte eventualmente en verdugo y más tarde, según las circunstancias se lo dicten, puede tomar la forma del salvador. Este orden no es necesariamente rígido. Desde cualquiera de los tres, la tendencia es a transformarse en otro, pero sin salir de ahí, lo que genera la mayoría de los dramas que escogemos manifestar en nuestra existencia.

El papel de víctima es sin duda el más común de los tres. cuando nos toca vivir una situación que no nos gusta, es muy fácil que nos sintamos ‘víctimas de las circunstancias’, o de nuestros padres, o de la pareja o de los hijos, o de quien sea que le responsabilicemos del estado en el que nos encontramos. Siempre será lo más cómodo, y nos libera de la responsabilidad de que nosotros mismos hayamos propiciado o atraído aquello que ahora sufrimos. Desafortunadamente, este estado crea una poderosa adicción, que es fomentada por las otras personas que están en nuestro entorno. ‘Pobretear’ a alguien es de las actitudes que tienden a perpetuar ese estado de victimización. Por ejemplo: “Pobrecita, qué mal te fue con ese hombre”, “pobre de fulanito, ya se quedó sin trabajo”, “pobre de mí, soy tan desdichado”, etc. Fácilmente, olvidamos el enorme poder que tienen nuestros decretos hablados.

Este papel tan común también tiende a subsistir cuando la ‘víctima’ recibe una retribución emocional gracias a él. Un caso sería, si así recibe más atención sobre su persona que antes no tenía, o tal vez si esa postura lo exime de hacer algo que tiene que realizar. El ser víctima crea el catálogo perfecto de pretextos de “porqué no debo hacer las cosas”, aun cuando son necesarias o requeridas.

El papel de verdugo es el resultado natural del anterior. Generalmente, los verdugos surgen a consecuencia de las víctimas, no al revés. A diferencia de la anterior postura, el verdugo casi nunca es consciente de que lo es y cree estar actuando acorde a las circunstancias. La víctima crea al verdugo, al otorgarle poder sobre de sí mismo, sea real o voluntario. Un caso de verdugo real, sería un jefe abusivo y sobre-exigente. Un voluntario podría ser la pareja.

El papel de salvador o vengador es resultado del antagonismo ente los dos anteriores. Es el héroe que se interpone entre el verdugo y la víctima, para salvarla de su yugo. Lamentablemente, el efecto que consigue esta postura es perpetuar el papel de la víctima al no permitirle defenderse por sí mismo. Una de las características más acusadas de este rol es la condescendencia o una compasión excesiva hacia la víctima.

Estos tres vértices conforman el área donde el drama cotidiano va escribiendo su historia. Sin embargo, es necesario encontrar las causas de este rasgo de la naturaleza humana. Desde el punto de vista mental, este esquema se basa en la idea de la desigualdad. Si me siento menos o más que las otras personas, por cualquier razón que crea que me sustente tal creencia, mi tendencia natural será adoptar cualquiera de estas tres posturas del paradigma reinante. El pobre que se siente víctima del gobierno que no lo ayuda; el padre que cree que ser brutalmente estricto con sus hijos es por su bien (verdugo); el amigo que una y otra vez ‘se conforta’ con frases como, “pobre de ti, cómo has sufrido. Lo bueno es que no estás solo. Yo siempre estoy acompañándote en tu dolor”.

Desde la perspectiva espiritual, existen dos causas para este comportamiento. La primera es la creencia de que somos seres individuales separados de los demás. No nos queremos dar cuenta que todo lo que hacemos a los demás, en última instancia nos lo estamos haciendo a nosotros mismo, sea positivo o negativo. Todos somos parte de una sola conciencia y de una misma especie. Provenimos del mismo lugar y nuestras almas forman un entramado divino que genera las circunstancias de nuestra existencia.

La otra causa es que hemos olvidado nuestra verdadera naturaleza de seres espirituales con experiencia terrenal. Somos una expresión divina que tiene como funciones conocerse, amar y amarnos y recordar que estamos en el proceso de regresar a la fuente de la cual provenimos.

En última instancia, somos responsables de nuestra propia existencia y mientras más tardemos en comprenderlo, más tardaremos en tomar las riendas de nuestra vida. Siempre procuremos rodearnos de personas que comprendan que somos responsables de nuestras circunstancias y que nos permitan tratarlas del mismo modo.

En lugar de ser la víctima, el verdugo o el salvador, ¿por qué mejor no convertirnos en los arquitectos de nuestro propio destino?

 

Recomendamos la lectura del libro
“El Triángulo dramático”, escrito por Karpman.

 

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